Las emociones que te empujan a comer

Aristóteles diferenciaba dos tipos de felicidad: Hedonia y Eudaimonia.


Eudaimonia es la felicidad verdadera, permanente e inalterable que viene de crear con propósito.


Hedonia es la felicidad momentánea que nos dan los estímulos externos placenteros. Escuchar música, fumar, el sexo, hacer deporte, reírnos, las drogas o la comida.


Todos estos estímulos tienen algo en común, nos generan una descarga de hormonas de felicidad. Estas hormonas nos satisfacen y nos hacen sentir bien por un tiempo pero si no repetimos pronto el estímulo, su nivel baja y aparecen la tristeza y la ansiedad exigiendo otra dosis. ¿Te suena?


Este ciclo se exacerba y se intensifica hasta hacerse insoportable con la comida. ¿Por qué? Porque los productos industriales que comemos están diseñados para aprovechar este mecanismo y generar adicción.



Además de la preferencia natural de tu cerebro por el sabor dulce, los productos industriales llevan añadidos potenciadores de sabor químicos que excitan artificialmente tus neuronas.


Además, la tremenda desproporción que tienen entre calorías y nutrientes desequilibran la leptina y tu hipotálamo termina por convencerse de que estás a punto de morir de hambre haciéndote comer aún más para intentar resolverlo.


Pero los efectos de los ultraprocesados sobre tus emociones no terminan ahí.


Tu cerebro y tu flora intestinal están conectados. El nervio vago conecta las 100 millones de neuronas que tienes en tu segundo cerebro al cerebro principal y tu flora intestinal la encargada de producir Serotonina y Dopamina, las hormonas de la felicidad. Por eso, el estado de tu flora intestinal tiene un impacto directo en tu estado emocional.


Cuanto peor estás emocionalmente, peor comida necesitas comer y esta comida, aunque alivie la ansiedad mientras la masticas, termina por dejarte en un estado emocional aún peor que con el que empezaste.


Este circulo vicioso termina siempre mal. Lo mínimo a lo que te puede llevar es a desarrollar sobrepeso, deficit de nutrientes esenciales y una incapacidad fisiológica de ser feliz. De ahí, puedes acabar como fue mi caso con trastornos alimenticios como la bulimia o con enfermedades cardiacas, diabetes, o incluso cáncer.

Esas galletas no te hacen feliz, no a largo plazo y después de un largo día de trabajo te mereces algo mucho mejor para ti que esa pizza congelada. Las chucherías no son premios y la felicidad nunca, nunca viene embotellada.


A la auténtica felicidad, la que se convierte en un estado permanente, se llega mirando hacia dentro. Liberándose de los alimentos, pensamientos y personas adictivas que nos arrastran a un infierno de emociones negativas y claustrofóbicas.

Solo tu tienes la llave de tu felicidad y el primer paso para alcanzarla es ponerte en el centro.

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