El estrés era mi medalla de honor...

Para mí, el estrés era la estrategia indispensable para alcanzar el éxito. 


Y el éxito, la mayor acumulación posible de poder, reconocimiento y dinero. 


Nada más graduarme en Antropología, traspasé el centro de Yoga que dirigía y dos días después de mi primera boda me mudé a Madrid a estudiar el MBA que me aseguraría una participación en la gran carrera. 


Y a contrarreloj, trabajando 14 horas al día y estudiando en los trayectos de metro, me convencí de que la única forma de conseguir mi objetivo iba a ser luchando por él todas y cada una de las horas que estuviera despierta. 


Y eso hice durante nueve años. Las prácticas en una empresa de perfumes y las clases de yoga nocturnas en comunidades de vecinos dieron paso a frenéticos proyectos digitales con los que conquistar Europa. Y con ellos llegó ese éxito y me convertí en la Consejera Delegada que siempre había imaginado. 


Mi vida se llenó de consejos de administración, sedes en capitales europeas y decenas de empleados. El tiempo se aceleró y las noches se fueron haciendo cada vez más cortas. Siendo el centro de las expectativas de tantas personas, el trabajo se convirtió en un videojuego en el que resolver situaciones límite casi a diario y sin darme cuenta entré en un círculo vicioso de miedo y recompensa terriblemente adictivo. 


Y descubrí que la forma más eficiente de conseguir un momento de paz era con un cigarrillo y que una pizza y una copa eran la compensación más rápida a un mal día.


Cuando el miedo al fracaso no era motivación suficiente, repasaba una a una las caras de todas las personas que perderían su inversión y su trabajo si no me ponía en pie y seguía adelante. Y así, seguí avanzando cada vez más desgastada y cada vez, más altiva. 


Porque el estrés era mi medalla de honor, era mi vida. Era la demostración de que estaba haciendo todo lo posible para cumplir todas las expectativas. 


Hasta que hace dos años toqué fondo en una sala de urgencias y decidí bajarme de la rueda de hamster.

Y estudiando entendí que el estrés no es un mal necesario que acaba por agotarnos un día. El estrés tiene el propósito evolutivo de salvarnos la vida. 


Es un mecanismo impresionante por el que, en segundos y antes de que pueda reaccionar la mente consciente, el organismo multiplica sus reflejos, fuerza y velocidad para maximizar las posibilidades de sobrevivir a una situación peligro. 

Pero cuando este estado se cronifica en el tiempo, nos acaba vaciando por dentro.


Y yo estaba totalmente vacía. Tantos años con los recursos físicos y mentales dedicados a asegurar mi supervivencia habían terminado por disecarme por dentro a todos los niveles. 


Vivía en alerta, a contrarreloj, reducida a mi versión más instintiva, más territorial, más limitada. Cada día era una repetición de los anteriores y ante un desafío, en la rueda de hamster solo era capaz de tirar de respuestas prefabricadas y conseguir los mismos resultados una y otra vez. 


¿Pero a qué estaba necesitando sobrevivir? Porque tengo la extraordinaria suerte de haber nacido y vivir en un entorno social en el que poquísimas veces la tensión termina en violencia, en el que los animales salvajes están enjaulados y nunca nadie murió involuntariamente de frío, calor o hambre.


Estaba luchando por sobrevivir a lo que estaba pensando, sintiendo y comiendo.


Porque con este nuevo y confortable entorno que hemos perfeccionado en el último 5% de nuestra existencia como especie, hemos creado una cultura que reta a nuestra biología permanentemente. 


En nombre del progreso, hemos dejado de comer comida para comer productos, nos hemos desconectado del presente para anticipar ansiosamente el futuro y nos hemos empantanado con la exaltación obsesiva de nuestras emociones. 


Y todo esto tiene un precio e investigándolo entendí que si era capaz de librarme de los patrones mentales, emocionales y alimenticios que estaban perpetuando la respuesta de lucha o huída mi organismo volvería a recuperar su equilibrio y equilibrada, los mecanismos diseñados para salvarme la vida dejarían de ponerme la zancadilla y abrirían la puerta a todo mi potencial. 


En este curso de LinkedIn Learning, comparto las estrategias biológicas que me han ayudado a recuperar el equilibrio. ¡Espero que te sean tan útiles como me han sido a mí!.



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