Cuando el placer te pone la zancadilla.

Durante cientos de miles de años, el cerebro humano ha ido evolucionando y perfeccionando los mecanismos para mantenernos con vida incluso en las circunstancias más adversas.


Para sobrevivir como individuos y para continuar como especie necesitamos hacer mucho y muy bien dos cosas: Alimentarnos y reproducirnos.


¿Y cómo se asegura nuestro cerebro de que nos alimentemos y nos reproduzcamos mucho y muy bien? Con el placer.


Antes de la invención de los anticonceptivos, tu organismo desarrolló un mecanismo infalible para asegurar el mayor número posible de repeticiones del acto sexual: El orgasmo.


El orgasmo es el premio que te da el cerebro a la contribución que acabas de hacer a la continuidad de la especie. ¿El objetivo? Que vuelvas a por más.




Cuando éramos cazadores - recolectores recorríamos áreas de unos ciento cincuenta kilómetros cuadrados recolectando hoy unos frutos y bayas en una zona y cazando mañana un animal varios kilómetros más lejos.


Antes de los gimnasios, las elípticas y las cintas de correr, si hacíamos ejercicio era para cazar, recolectar o preparar comida.

Correr detrás o delante de animales tenía mucha más emoción que correr en la cinta y cumplía un propósito fundamental para la supervivencia. Por eso, hacer ejercicio libera en el cerebro un torrente de hormonas de placer. Es la recompensa a tu intento por sobrevivir.


Antes de que empezáramos a fabricar productos comestibles con algo de comida refinada y mucho de ingredientes químicos, había un sabor que determinaba que un alimento estaba en su máxima concentración de nutrientes: el sabor dulce.


Sin congeladores ni neveras, las probabilidades de tener a nuestra disposición fuentes de vitaminas y minerales a diario eran muy bajas así que si pasábamos junto a una higuera llena de higos maduros, repletos de nutrientes esenciales y listos para comer, el objetivo para la supervivencia era claro comer todos los posibles.


¿Y qué sabor produce la necesidad de comer sin poder parar? El sabor dulce.


Cuando no puedes parar de comer galletas o chucherías no es que te falte fuerza de voluntad, es que tu cerebro no ha tenido tiempo para darse cuenta de que hemos dejado de comer comida y ahora comemos productos en los que el sabor dulce, es totalmente lo opuesto a nutritivo y sano.

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